La vida y la obra de Carlos Pezoa Véliz (1879-1908) fueron, y aún lo son, objeto de contradicciones.
Unos aseguran que fue hijo bastardo de una criada y de un inmigrante español. Silva Castro, que recogió en 1964 toda o casi toda su obra y la encabeza con un estudio (Pezoa Véliz, 1879-1908) bien documentado, asegura que sus padres legítimos fueron José María Pezoa y Emerenciana Véliz, y no, como había afirmado Ernesto Montenegro, sus padres adoptivos. En las cartas del poeta, la filiación legítima queda, según Silva Castro, bastante clara. No parece posible que a sus 24 años Pezoa ignorara su supuesto pasado espurio.
Pero la importancia es que, hijo legítimo o natural, su vida no fué, como habría dicho Darío, “un lecho de rosas”. Desaparece de la casa durante muchos días y suele vagabundear; a veces tiene que suplir la falta de calcetines con trozos de periódicos. Fué calador de sandias, aprendiz de zapatero, escribiente en un cuartel. En 1898, cuando hay peligro de guerra con Argentina, ingresa en el Tercero de Línea como guardia nacional, pero pronto abandona el cuartel. Es, en 1899, ayudante en un colegio de monjas; en 1900, furriel del escuadrón de escolta, pero lo dan de baja por incompetencia para llevar la documentación. En 1902 se radica en Viña del Mar: es profesor de inglés y suele invitar a tés literarios. Viaja, en 1905, al norte –Coquimbo, Vallenar, Chuquicamata, Calama-. (“¡Llegarás solo hasta Valparaíso!”, aseguraba, hace 14 años, un crítico). En sus crónicas, Pezoa muestra lo que allí ocurre: hay trozos de precisa prosa: “Rostros enharinados, caricaturas humanas, payasos ambulantes –escribe sobre Taltal y sus hombres- con las babas caídas. Todo un camastro de sudor sobre la pampa arrojado a la voracidad de la prostitución en una noche. Rostros de repugnante animalidad”.
Mucha más información en:


Comentarios recientes
hace 2 meses
hace 2 años
hace 3 años